El Triunfo de la Voluntad

EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD

Por Roberto Bardini


Conocí a Harry Simón en junio de 2000, en el barrio Logan de San Diego, cuando llegué a California como corresponsal del diario La Jornada. Él había nacido en Los Ángeles 26 años atrás, de padres mexicanos. Durante el día trabajaba como maestro de escuela y por la tarde asistía la universidad. Militaba en la Coalición pro Derechos de la Raza, integraba la Unión del Barrio –un grupo que intentaba mejorar las condiciones de vida de los mexicanos en San Diego– y era uno de los editores del periódico Voz Fronteriza.

Él me presentó a su esposa, Adriana Jasso, nacida en un rancherío de Guanajuato, que había cruzado la frontera una noche de 1989, a los 15 años, luego de viajar 2.000 kilómetros con una hermana de 14 años y un hermanito de cinco, para unirse con sus padres. Tuvieron que correr y ocultarse detrás de rocas y arbustos hasta el amanecer, mientras agentes de la Patrulla Fronteriza los perseguían por tierra y en un helicóptero con reflector.

Adriana sólo había asistido hasta el sexto año de primaria. Trabajó con su familia en la recolección de duraznos, almendras y nueces en Oxnard, al norte de California. En 2000, luego de innumerables dificultades para estudiar y lograr su residencia, era alumna regular en dos carreras –Literatura y Estudios sobre América Latina– de la prestigiosa Universidad de La Jolla. Tenía altas calificaciones y estaba considerada como una de las alumnas más brillantes del “estado dorado”. Su historia era una saga de sacrificios, discriminación, superación y logros.

La entrevisté en su casa en diciembre de aquel año, antes de regresar a México, mientras Harry terminaba de levantar las paredes de un nuevo cuarto para la llegada de una inminente habitante. Adriana estaba embarazada de ocho meses y medio, y los dos sabían que sería niña. Cuando apagué el grabador, Harry me convidó con una cerveza y me dijo que la hija se llamaría Luz Victoria, en honor a sus abuelas materna y paterna.

Hoy, transcurridos casi 21 años, estuve ordenando papeles y apuntes, y me pregunté que habrá sido de aquella niña, que se llama Victoria como mi hija mexicana. Busqué en internet y encontré su blog. Resumo su presentación:

“El enfoque de mi vida ha sido el servicio comunitario. Desde muy joven asistí a mítines políticos, admiré a los adultos que daban poderosos discursos a las familias de clase trabajadora que vivían en mi comunidad del Barrio Logan en San Diego. Aprendí a ver el mundo a través de una lente bilingüe, bicultural y binacional. Mis valores como miembro de la comunidad y organizadora estudiantil se definieron en esos momentos para ser una joven chicana segura de sí misma y ansiosa por expandir sus horizontes. Mi educación y una amplia gama de experiencias me educaron para ver la belleza de la diversidad cultural y me motivaron a emprender proyectos que de otro modo habrían sido demasiado intimidantes. Estoy muy emocionada de participar en el Programa del Año Puente en China y al regresar a la Universidad de Princeton, tengo la intención de especializarme en sociología”.

Vaya, vaya, vaya… Princeton, China, Sociología…

Recordé que dos décadas atrás, al terminar la entrevista con su mamá, pensé –y así lo escribí posteriormente en unas crónicas sobre la frontera– que la bebé que nacería en diciembre “no tendrá que huir de la Patrulla Fronteriza, ni de helicópteros con reflectores, ni esconderse en matorrales, ni hacer malabarismos para poder asistir a la escuela. Y poco a poco, mientras crezca sin miedos, se irá enterando de los detalles de esta historia, que probablemente relate a sus hijos y ellos relatarán a sus nietos”.

Entonces “hurté” unas fotos del blog de Luz Victoria y el muro de Harry, y me decidí escribir estas líneas. A veces, el periodismo, la curiosidad y el tiempo se combinan para dar satisfacciones.